Nunca había celebrado San Juan hasta los 12 años. Era algo nuevo para mí ya
que los petardos los asociaba con el invierno que se vivía en Latinoamérica en
navidad o año nuevo, esta vez no. Mi verbena de San Juan la pase en casa
probando unos petardos que me había comprado la pareja de mi madre en esos días.
Supongo que la mayoría de chicos de mi edad empiezan a tener curiosidad por el
fuego (se denotaba en las mesas del instituto) y por tal, yo sufría por lo
mismo.
Siempre me dieron miedo los petardos. Por el fuego, por el ruido, por el miedo
a que me pasara algo, a que pasara algo. Esa noche perdí el miedo por completo
al ver como la pareja de mi madre los usaba con total tranquilidad. El resto de
gente hacia lo mismo en sus balcones o terrazas, fue sin duda mi primera noche
mágica.
Pasaron unos años hasta volver a sentir esa sensación, cuando tenía 17 me
preparaba para mi primera noche de San Juan fuera de casa. La relación de mi
madre y su entonces pareja empezaba a desquebrajarse poco a poco, siendo sinceros,
era una etapa en que todos nos queríamos ver poco las caras.
Me miraba delante del espejo buscando algún defecto en mí siempre problemático
pelo. No sabía desde cuando eran tan coqueto conmigo mismo, pero supongo que a
todos nos llegan esas ganas de sentirnos guapos de vez en cuando.
Nunca me he considerado guapo, más bien del montón. Normalito. Siempre en un
segundo plano en el cual me gustaba estar. Mi madre me dio dinero y yo me fui
en metro a encontrarme con amigos para ir a la playa.
Esa playa estaba como nunca la había visto. Repleta de luces y gente en la
orilla hablando, bebiendo, riendo, bailando. Me sentí en mi ambiente, me sentí
libre. Nunca había sido de ir a muchos sitios, ya sea por pereza o miedo, prefería
quedarme en casa o quedar con un grupo reducido de amigos. No me gustaban las
aglomeraciones pero ese día me encantó formar parte de esa.
Nos reunimos con gente de otro instituto que estaba cerca al nuestro. Me
presentaron a mucha gente que solo había visto por la calle. Me gusto
saber sus nombres. Me gusto reírme con ellos y tocar la guitarra con mis amigos
con unas cervezas al lado. Seguramente el alcohol hizo que tuviera el empuje
necesario para saltar por el fuego y pedir un deseo esa noche.
Esa noche conocí a una chica. Una chica morena, bajita y de amplia sonrisa a la
que en un arrebato de valor (o ebriedad), pase mis manos por su cintura.
No le disgustaba que tuviera mi mano allí, y yo estaba cómodo sintiéndola
cerca. La miraba de reojo cuando podía y ella a mí cuando no me daba cuenta.
Uno de mis mejores amigos me miraba riéndose al ver mi mano, sabiendo lo tímido
que siempre había sido.
La noche de San Juan es mágica. Lo dicen los viejos, los no viejos, los padres,
los tíos, las madres y sus amantes, todos dicen lo mismo.
Esa noche fue mágica. Por ella, por mi, por la playa, por las cervezas, por los
petardos, por la conversación en la orilla.
Nos separamos del grupo a altas horas de la madrugada riendo sobre alguna
ocurrencia sin gracia sobre Woody Allen (seguramente reíamos por el porro que
nos habíamos estado fumando) Nos tumbamos en la arena mirando al cielo,
cansados y mareados.
-Siempre me dieron miedo los petardos- le dije riendo.
-¿Y por qué?- dijo ella peinándose con una mano y soltando carcajadas.
-Por el fuego, el sonido, todo en general.
-¿Y que haces aquí entonces?- dijo ella.
-Estar ebrio, igual que tu, borracha.
Ella me dio un golpe en el brazo al que yo le respondí con un empujón en la
arena. Me puse encima de ella y sentí como sus brazos rodeaban mi cuello.
-Deberías encender la mecha... veamos que pasa- dijo ella con una mirada que me
hipnotizo.
Lo hice.
Saqué la mecha / Me acerqué a su cara.
Encendí el fuego/Le miré a los ojos.
Y empezó la explosión/ Y la bese como nunca había besado a nadie.
Mis penas seguirían siendo mis penas después de ese día, al igual que mis
problemas. Pero esa noche... Iba a ser distinta.
Iba a ser magnifica.
Iba a ser fantástica.
Iba a ser mágica.

No hay comentarios:
Publicar un comentario