Si hay algo que me gusta hacer es salir a la calle con mi iPod. Camino por las calles y voy a ningún lugar.
Salgo
de casa, me pongo los cascos y a caminar. En su día era salir del
Carrer Segle XX y luego por Passeig Maragall. Me gustaba sentir que era
una secuencia de una película y que la música que tenía en ese momento
en el iPod era la banda sonora.
Siempre me ha gustado actuar desde
que tengo uso de razón. Desde pequeño siempre me llamo esa parte de
mí. Quizás por eso adoraba y adoro salir a la calle sin destino alguno.
La parte del paseo que más disfruto sin duda es el trayecto de ida y de
regreso, el momento en el que estoy a solas conmigo mismo, cantando en
mi mente, moviendo la cabeza como un idiota.
No me importa que me
vean. No los miro. Solo me concentro en la ruta (o la no ruta). A veces
voy a tiendas, entro y salgo de ellas, inquieto, como si buscara algo, o
como si escapara de algo.
En su día me gustaba cantar y hacer mi
propio playback con una regla. Supongo que entre muchas otras cosas,
también soy un cantante frustrado. Pero supongo que incluso los
cantantes frustrados quieren que se les escuche...No es mi caso. No me
gusta que me escuchen y no tengo buena voz.
Hoy me ocurrió algo
rarísimo. Volvía a casa de las prácticas escuchando música con el
volumen altísimo, las manos en los bolsillos, mis venas retumbando al
ritmo de la música y vi a un niño con su madre delante de un escaparate.
Era una tienda de disfraces. Por lo que vi, parecía que el niño
intentaba convencer a su madre de que le comprara un disfraz de algo que
parecía un perro enorme.
Me detuve y me acordé de mi etapa de
niño y de un disfraz de oso por el que luche a capa y espada para que mi
madre me lo alquilara. Empecé a caminar sin darme cuenta de nada.
Estaba en mi mundo abriendo el baúl de los recuerdos hasta que tope con
alguien.
- Es peligroso que tengas la música tan a saco. Te puedes tener accidente.
- Disculpe– dije, incomodo por la situación.
Era una chica morena de ojos marrones. Tenía el pelo algo revuelto, parecía que acababa de hacer deporte.
- ¿Te gustan los disfraces?-preguntó.
- No, bueno, si- dije- es que de pequeño me gustaba mucho disfrazarme.
Ella sonrió.
No
sabía si era una sonrisa irónica o amable, o si estaba divirtiéndose al
ver lo nervioso que estaba. En cualquier caso tuve miedo de no decir
nada más.
-Se te ha caído esto- me dijo dándome una braga de
cuello que se me había caído (me la había quitado, el sol de esta tarde
era insoportable)
-Gracias- le dije devolviéndole una sonrisa. Yo
no suelo sonreír. Suelo hacer una mueca, pero sonreír es algo que me
cuesta. Sin embargo estaba actuando de manera distinta. Como una persona
distinta. Me gustaba.
Ella se despidió con otra sonrisa y caminó
hasta el escaparate donde estaba ese niño y su madre. Le dio dos besos a
la mujer y un beso en la frente al niño. Me habría gustado actuar de
otra manera. Me gustaría escoger mejor los momentos en los que tengo que
ser lanzado.
Volví a casa maldiciéndome por no haberle preguntado
su nombre. Tenía que ser más lanzado y lo hice mal, muy mal (o quizás
no, quizás debí ser más lanzado). Pero... ¿qué importa?. Creo que ese
fue la distracción que más me ha hecho pensar en toda mi vida.
Siempre
me quedarán las fotos de aquellos días en que actuaba de oso, de
guerrero o de árbol. Ahora actúo de mí y de mi otro yo. El que me hace
distinto y, a veces, mejor persona.

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