Estaba sentado con ella en aquel bar al que solíamos frecuentar cuando ninguno de los dos tenia ganas de caminar. Era simple, pequeño, sin gran estética ni sentido artístico, pero era cómodo, silencioso y económico. El dueño siempre tenía un frondoso bigote y una barriga que podría intimidar a cualquiera, tenia la mirada siempre fija en el televisor que tenía colgado en una esquina donde a esa hora transmitían uno de aquellos concursos televisivos.
Pedimos lo de siempre. Ella una coca cola fría y yo un café, con poco azúcar y entonces ella dijo la frase maldita.
"Tenemos que hablar de una cosa"
Mi primer pensamiento fue que quería romper conmigo, que no me aguantaba y prefería que cada uno siguiera su camino y encontrara la felicidad. El segundo fue que quería confesarme alguna tendencia sexual que acababa de descubrir o por último, preguntarme si yo había tenido alguna aventura con otra persona.
"¿Tu me quieres?"
Mi sistema emocional se puso en modo seguro. Me refiero a caer en el típico momento de "diálogo de besugos" en el que uno contesta al otro lo que le induce a replicar.
Dime que no me has puesto los cuernos / No te he puesto los cuernos
Dime que me quieres / Te quiero...
Y así constantemente hasta dar una falsa realidad que les aporte seguridad emocional en sus deseos más profundos. Esa voz de "dime que todo irá bien"
Pero antes de abrir la boca, pensé. (Cosa rara en mí)
Tampoco es que la conocía de toda la vida. Unos cuantos meses saliendo me bastó para saber que era la chica perfecta. Escucha, me habla, me aconseja, me da mi espacio, es comprensiva y es guapísima pero ¿y si me hace daño? ¿Y si yo la quiero más? ¿Y si ella me quiere más? ¿Y si me quiere demasiado? ¿Eso significa que ya somos una pareja formal? ¿Se acabó mi soltería? ¿Se acabó las nuevas chicas?
Fue entonces cuando la vi de otra manera. Ya no estábamos en el bar, estábamos en un salón oscuro sentados cara a cara encima de una mesa.
Ella con esa inconfundible melena rubia y unas gafas de sol que me impedían ver sus ojos. Con una mano sujetaba sus cartas y se tapaba la boca, con la otra sujetaba un vaso con lo que parecía ser whisky con hielo. Paseaba uno de los dedos por el borde lentamente mientras me miraba, pero no podía estar seguro de ello por las gafas.
Miré mis cartas, no estaban mal.
7 de diamantes- 7 de picas-7 de tréboles - 2 de picas- 10 de diamante
Tres cartas del mismo valor, un trío. No era muy buena mano, pero podría ser peor.
En el póquer, la combinación de cartas es de 2.598.960. Y que te saliera un trío, solo 54.912. Como en la vida, todo se decide por la suerte que tengas en las probabilidades.
La volví a mirar, ella estaba inmóvil y no podía distinguir ningún gesto en su rostro.
-¿Me quieres?- preguntó de nuevo.
-¿Por qué lo quieres saber?- respondí.
-Por saberlo, no te enseñare mis cartas hasta que tú me enseñes las tuyas.
-Tan solo quieres saber mis cartas para saber si tienes mejores o peores.
-Puede que si, pero necesito saber si me quieres o no.
-¿Estamos hablando del póquer o de los sentimientos?
-Es lo mismo- dijo ella dándole un sorbo a su vaso.
-Tengo miedo a tener peores cartas que las tuyas- le conteste.
-¿Por qué el miedo?
-Si tienes mejores cartas que yo, harás conmigo lo que te venga en gana y podrás ganar la partida para luego irte.
-Si hay miedo es por que hay algo que perder- respondió.
-No quiero perderte.
-¿Y si yo pudiera perderte a ti?- replico ella-¿Y si tu tienes cartas mejores y me rompes el corazón cuando te venga bien?
-¿Tu me quieres?
-No enseñaré mis cartas...
-Entonces estamos en un punto muerto.
-Eso parece.
Nos quedamos en silencio con la esperanza de que uno de los dos tirase la toalla por la tensión del ambiente y terminará acabando ese momento, sin éxito.
-¿Acabamos esto o no?
-Vale, enseña tus cartas.
-No lo haré, hazlo tú.
-No pienso hacerlo antes que tu.
-Entonces tu tienes cartas peores que las mías.
-Yo no he dicho eso, además, no se que cartas tienes.
-Entonces, no me quieres decir que me quieres de verdad por miedo a que yo no sienta lo mismo que tu.
-Creo que si- dijo ella- Si quieres estar conmigo enséñame tus cartas.
-Me prometes que no me romperás el corazón.
-No puedo hacerlo.
-Entonces dame un motivo para enseñártelo.
-Con las cartas sobre la mesa, acabaremos esta pantomima y podremos ser conciente de lo que tenemos- dijo ella- así seremos concientes de que somos y que haremos.
-¿Que somos?
-Somos nosotros- dijo ella quitándose las gafas de sol.
Vi en mi lado de la mesa 3 pilas de fichas. La más grande de todas era de monedas de 5, y las otras dos de 10 y 50. Ella parecía tener las mismas que yo en proporción.
-All in- dije poniendo todas mis fichas en el centro de la mesa.
Ella se sorprendió, no se lo esperaba. Si yo apostaba todo, significaba que tenía unas cartas estupendas e invencibles y por tanto, me podría dar como ganador.
Por si no ha quedado claro. Ganar en este juego sentimental significa que no te quiero tanto como para necesitar al otro. Eso te da la libertad de sentirte por encima del otro, de ser el que decide si seguir o no.
Siempre en una pareja hay alguien que necesita a la otra persona más que el otro. En nuestra manera de ver, quien menos necesite al otro, es más libre.
-All in- respondió ella y dejo todas sus fichas en el centro- no hay vuelta atrás.
Miedo y pánico nos da tener que enseñar nuestras cartas o sentimientos. Intentamos evitar el daño, como un instinto primitivo nuestro cerebro intenta cuidar de nosotros.
7 de diamantes- 7 de picas-7 de tréboles - 2 de picas- 10 de diamante- un trío- dije.
Ella me miro detenidamente y fue dejando sus cartas una a una.
As de corazones - Rey de corazones - Reina de corazones- Príncipe de Corazones y 10 de corazones.
Tenía una escalera real. Cinco cartas seguidas del mismo palo del 10 al As. Había una probabilidad de 4 entre 2.598.960 de que tuviera esa combinación y claramente, superaba mi simple trío.
Solté un suspiro para mirar al suelo y luego sostenerle la mirada.
-Yo también te quiero- dijo ella.
Cerré los ojos.
Al fin y al cabo es lo que todos queremos oír, una simple frase. Sentirnos queridos o necesitados nos hace felices. Solo queremos volver a disfrutar de lo que nos daba placer, como cuando éramos unos niños con una pelota de futbol o niñas en un columpio.
-¿Hola?
Abrí los ojos y estaba de nuevo en el bar, con mi chica mirándome preocupada.
-Perdona ¿Qué has dicho?
-¿Tu me quieres?
-Tú ya lo sabes.
-No lo se.
-Que si, que te quiero.
-Y yo a ti- me respondió con una sonrisa.

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