lunes, 17 de septiembre de 2012
Sandra. Quinta fila a la izquierda, al lado de la ventana.
El destino de las personas es algo tan variable como los dados en una mesa de apuestas ilegal (sin trileros de por medio). Nunca sabes que resultado puedes sacar o a que caminos te puede llevar, es imparable. Como si de una hoja al viento se tratara, nuestras vidas se dejan llevar con la fuerza de nuestras decisiones que tarde o temprano nos terminan guiando a senderos inimaginables.
Sin embargo dicen que el azar no deja de ser controlable, que en nuestra mano esta decidir cual es el camino que vamos a recorrer.
Ese era el caso de Sandra, quien se resistía a pensar que su futuro dependía de el resultado aleatoria de una carambola en su vida.
Ella se debatía el significado de esto último desde su habitual sitio en el aula. Desde inicio de curso se sentaba siempre en la quinta fila a la izquierda, al lado de la ventana. Siempre la quinta por ser su numero de la suerte y siempre al lado de la ventana por su pasatiempo favorito desde que empezó la secundaria, que era ver a la gente del otro grupo en clase de gimnasia o saber el momento exacto en el que la gente va saliendo a la hora del patio.
Sandra era una chica muy madura para su edad y con más autocontrol de lo que normalmente eran el resto de su compañeras. La mayoría de estas aun tienen pájaros en la cabeza y ocupan gran parte de su tiempo a pensar en sus amores imposibles (amores imposibles que les dan un motivo para pensar en todo menos en sus problemas de verdad).
Ella tenía claro que incluso sin ser mayor de edad, ella no estaba en el grupo adecuado. Se sentía una adulta en un envoltorio equivocado, una mente madura en un cuerpo aun no madurado. Lo que le hacía en ocasiones muy infeliz.
Sin embargo, sus deseos siempre habían sido etéreos para ella o para los demás. Mientras el resto de chicas ejercían su libertad sexual recién estrenada, ella se limitaba a decir que no esperaba a ningún hombre para darle el placer sexual que necesitaba, pero esto era una careta. Alguna mañana se paraba delante del espejo y se observaba desnuda después de la ducha.
"Bien, esta es quien soy" se decía mientras examinaba su largo pelo caoba caer sobre sus pechos que, a desgracia de ella, aun no habían crecido lo suficiente para sentirse bien. Se imaginaba que muchos chicos tenían el mismo complejo delante del espejo mientras tenían una regla al lado del pene.
Le gustaba su cuerpo, pero le podía gustar más. Ella sabía que gustaba a varios chicos y se dispuso a comprobárselo en alguna noche de fiesta en la que su espalda había impactado fuertemente contra la cama de alguno de esos tantos chicos que intentó tener sexo con ella.
Mientras el ansioso chico intentaba quitarle el top sin éxito, ella sentía por primera vez una excitación verdadera, mucho más intensa que la que había sentido aquella tarde de domingo cuando se quedó sola en casa.
Lamentablemente para ella, ese chico con más ganas que tacto no era el indicado para ella. Sandra lo comprendió cuando el chico, guiado por su nerviosismo, rompió el top por la espalda y le magreo un pecho con una fuerza desmesurada, cosa que le costó una de las patadas más fuerte que dio Sandra en su vida.
Todos estos pensamientos pasaban por esa cabeza mientras el tiempo pasaba y el concierto de sillas chirriando señalaba el fin de la hora.
Mientras ella jugaba con su pelo antes de salir y observaba como los estudiantes de bachillerato salían, un chico le miraba desde el otro extremo de la clase.
Tal chico se la pasaba mirando todas las clases desde que llego a ese instituto. Le cautivo sus extraños ojos grises y su manera de estar tan distante en el mundo y parecer tan cercana cuando te miraba.
Mientras esto pasaba, Sandra jugueteaba con su pelo sin dejar de mirar el patio. Sabía que sus labios no tocarían los de otro compañero o compañera de clase, no quería complicarse tanto la vida, por cual intentaba no tener ningún contacto más allá de lo típicamente correcto.
Ella seguiría siendo ella. La distante, la distraída, la pensativa, la que no se siente en el cuerpo correcto, la que maduró antes de tiempo, la que por la ventana mira. La chica de la quinta fila.
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