martes, 30 de octubre de 2012

Ya no te quiero.

De pronto me vi sentado en aquel banco en medio del parque. En ocasiones pensé que ese sitio estaba encantado, ya que muchas cosas importantes en mi vida habían sucedido allí. Desde el primer amigo, el primer beso, la primera borrachera, mi primer cacheo policial y sobretodo, ella.
Ella es era una chica especial que entro en mi mundo cuando menos lo esperaba y deseaba. No me confundáis, no soy un cascarrabias ni un amargado, pero el amor me ha dado muchísimos problemas en mi vida.
Siempre que me enamoraba de una chica estaba:
-Loca
-Idiota
-Obsesionadas con sus ex.
-Con ex obsesionados con ellas.
-O una mezcla de lo anteriormente dicho.

En todos los aspectos, mi vida sentimental se basaba en el querer y no poder por causas del azar o destino, como si de una canción de un compositor con trastorno bipolar se tratase.
Entonces apareció ella, en una de esas fiestas de barrio en los que grupos teloneros de segunda fila llaman a sus seguidores para darle ambiente a la fiesta y clientes a los numerosos vendedores de bebidas alcohólicas.
Entre esa multitud, estaba ella. Formando parte de una inmensa cola liderada por un hombre fornido y con perilla mal afeitada rellenando vasos gigantes de cerveza a un precio módico.
Jugaba con su pelo mientras observaba el móvil constantemente, como si de una conversación de vida o muerte se tratase, movía los dedos con gran rapidez. La típica amiga de un amigo que es prima de otro amigo en común, así la conocí.

Después de 4 o 5 encuentros "accidentales" en los que nos encontrábamos en las mismas fiestas empezamos a salir. Creo recordar que empezó un 15 de octubre. A partir de ese día podría decir que estaba en el punto perfecto de toda relación. Ese punto en el que encuentras una estabilidad extraña dada nuestra edad, en la que los momentos felices lo saboreabas y los amargos los superabas. Donde los celos los notabas como muestras de afecto incontrolable y no como un sentimiento posesivo-obsesivo.
Si algo no olvidaré de esos días, son sus rebeldes rizos que se colaban entre mi camiseta (más de una vez encontré algún que otro pelo en ella antes de meterla en la lavadora) y sus extraños ojos (entre azules y verdes) que sentía que podían llegar a hiptonizarme y dejarme más idiota de lo que ya estaba.

Ese periodo de mi vida duro 634 días. Como en la mayoría de parejas, llega un momento en que la pasión desaparece y se vuelve rutina y decidimos dejarlo.
No por nada, no por nadie, solo nosotros sabíamos la realidad. Simplemente no queríamos hacernos daño, había llegado un momento en el que, si bien ya no sentíamos pasión el uno por el otro, había quedado un sentimiento distinto pero importante.

Pasaron los meses y dejamos de vernos. Ella pronto empezaría un erasmus y se iría a Londres una temporada, y decidí en un arrebato proponerle vernos en el parque en donde nos conocimos (después de ver una comedia romántica)

Y allí estaba yo, en esa fría tarde en la que el sol tintaba de naranja las ventanas de los edificios. Rodeado de niños jugando, abuelos hablando y camellos traficando en alguna esquina.
Ella apareció con aquellos ojos idiotizadores y esos rizos aplastados por una gorra hibernal. Tan guapa como siempre había sido y con el gesto de incomodidad que nunca había podido ocultar cuando estaba en una situación que le producía nervios.

-Así que te vas ¿verdad?- le dije al verla sentarse.
-Yo tampoco me lo creo- respondió ella acomodándose el pelo en los hombros- estoy emocionada.
-Los viajes son importantes- respondí mirando a un par de niños pelear delante de la atenta mirada de un abuelo, quien acudía a separarlos.
-No idiota, lo digo por tu llamada- dijo ella.
-Debí anularla, fue un arrebato.
-Esta bien, es extraño todo esto.
-¿Qué habría pasado si no hubiéramos roto?- le pregunté después de un largo silencio.
-No lo se, quizás no podríamos estar hablando como ahora.
-Quizá.
-Seguramente no, el alargar las cosas cuando no tiene sentido suele romperlas- dijo ella mirándome con esos enormes ojos.
-¿Sabes? - le dije interrumpiéndola- la gente no suele tener la oportunidad de ponerle un bonito final a una historia.
-¿A que te refieres?- preguntó ella.
-Piénsalo, desde pequeños somos unos buscadores de historias- le contesté- en los cuentos de hadas, en las películas, en las series y canciones, en las personas, en nosotros mismos.
-Tiene sentido- dijo suspirando- ¿no cambias eh? siempre tan rebuscado.
-Supongo que vernos ahora es una buena manera de acabar, mejor que por una red social o un mensaje corto en un teléfono móvil.
-¿Eres feliz?- me preguntó de golpe.
-Eso son pequeños momentos, uno no puede ser feliz siempre.
-Creo lo mismo, te estaba probando, quería saber si te habías amariconado con el tiempo- dijo con aquella amplia sonrisa que le caracterizaba.
-Eras la chica- le dije mirándole a los ojos- siento haber dejado de sentir lo que sentía por ti.
-Lo mismo te digo.
-Algún día encontraremos a alguien y quizá tengamos que repetir esta escena con otras personas- le respondí.
-Eso no lo sabemos, igual resulta que es para siempre- dijo ella mirando al suelo mientras pasaba un dedo entre un mechón de su pelo.
-Supongo que si.
-Espero que tu próxima novia no deje pelos en tu camiseta- dijo ella riendo.
-Te adoraba.
-¿Cómo?- preguntó ella descolocada.
-Pues que te adoraba por esas cosas- le respondí- era como tener tu olor conmigo y en ese momento, me encantó tener tus pelos en mi camiseta, sobretodo por que eras tu la que los dejaba.
Ella soltó una de esas pequeñas risas que se apago al instante, al igual que la mía. Nos tocamos las manos y jugueteamos con ellas un poco, como hacíamos hace unos años.

-Oye, me voy ya, tengo que arreglar un par de cosas en casa- me dijo soltándome la mano- me alegra saber que te va bien.
-No hay problema, cuídate mucho y no te vuelvas alcohólica- le respondí dándole dos besos y viendo como caminaba a paso ligero pero constante por el camino de la derecha, que daba a la calle en donde estaba la parada de bus.
-Oye- le dije dando un grito.
-Dime- dijo ella alzando la voz.
-Espero que te vaya bien.
Ella soltó una sonrisa que aun tardo en olvidar. Ha pasado un tiempo desde aquel día y sigo manteniendo un buen recuerdo de ella y de ese parque. Normalmente los parques y los meses no suelen marcar nada en el transcurso de una vida, sin embargo, en ese parque y en ese frío mes, pasó algo que no suele pasar.
Pasó algo que la gente no suele tener la oportunidad de hacer, ponerle un bonito final a un libro.

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