De pronto me vi sentado en aquel banco en medio del parque. En ocasiones
pensé que ese sitio estaba encantado, ya que muchas cosas importantes en mi
vida habían sucedido allí. Desde el primer amigo, el primer beso, la primera
borrachera, mi primer cacheo policial y sobretodo, ella.
Ella es era una chica especial que entro en mi mundo cuando menos lo
esperaba y deseaba. No me confundáis, no soy un cascarrabias ni un amargado,
pero el amor me ha dado muchísimos problemas en mi vida.
Siempre que me enamoraba de una chica estaba:
-Loca
-Idiota
-Obsesionadas con sus ex.
-Con ex obsesionados con ellas.
-O una mezcla de lo anteriormente dicho.
En todos los aspectos, mi vida sentimental se basaba en el querer y no poder
por causas del azar o destino, como si de una canción de un compositor con
trastorno bipolar se tratase.
Entonces apareció ella, en una de esas fiestas de barrio en los que grupos
teloneros de segunda fila llaman a sus seguidores para darle ambiente a la
fiesta y clientes a los numerosos vendedores de bebidas alcohólicas.
Entre esa multitud, estaba ella. Formando parte de una inmensa cola liderada
por un hombre fornido y con perilla mal afeitada rellenando vasos gigantes de
cerveza a un precio módico.
Jugaba con su pelo mientras observaba el móvil constantemente, como si de
una conversación de vida o muerte se tratase, movía los dedos con gran rapidez.
La típica amiga de un amigo que es prima de otro amigo en común, así la
conocí.
Después de 4 o 5 encuentros "accidentales" en los que nos encontrábamos
en las mismas fiestas empezamos a salir. Creo recordar que empezó un 15 de
octubre. A partir de ese día podría decir que estaba en el punto perfecto de
toda relación. Ese punto en el que encuentras una estabilidad extraña dada
nuestra edad, en la que los momentos felices lo saboreabas y los amargos los
superabas. Donde los celos los notabas como muestras de afecto incontrolable y
no como un sentimiento posesivo-obsesivo.
Si algo no olvidaré de esos días, son sus rebeldes rizos que se colaban
entre mi camiseta (más de una vez encontré algún que otro pelo en ella antes de
meterla en la lavadora) y sus extraños ojos (entre azules y verdes) que sentía
que podían llegar a hiptonizarme y dejarme más idiota de lo que ya estaba.
Ese periodo de mi vida duro 634 días. Como en la mayoría de parejas, llega
un momento en que la pasión desaparece y se vuelve rutina y decidimos dejarlo.
No por nada, no por nadie, solo nosotros sabíamos la realidad. Simplemente
no queríamos hacernos daño, había llegado un momento en el que, si bien ya no
sentíamos pasión el uno por el otro, había quedado un sentimiento distinto pero
importante.
Pasaron los meses y dejamos de vernos. Ella pronto empezaría un erasmus y se
iría a Londres una temporada, y decidí en un arrebato proponerle vernos en el
parque en donde nos conocimos (después de ver una comedia romántica)
Y allí estaba yo, en esa fría tarde en la que el sol tintaba de naranja las
ventanas de los edificios. Rodeado de niños jugando, abuelos hablando y
camellos traficando en alguna esquina.
Ella apareció con aquellos ojos idiotizadores y esos rizos aplastados por
una gorra hibernal. Tan guapa como siempre había sido y con el gesto de
incomodidad que nunca había podido ocultar cuando estaba en una situación que
le producía nervios.
-Así que te vas ¿verdad?- le dije al verla sentarse.
-Yo tampoco me lo creo- respondió ella acomodándose el pelo en los hombros-
estoy emocionada.
-Los viajes son importantes- respondí mirando a un par de niños pelear
delante de la atenta mirada de un abuelo, quien acudía a separarlos.
-No idiota, lo digo por tu llamada- dijo ella.
-Debí anularla, fue un arrebato.
-Esta bien, es extraño todo esto.
-¿Qué habría pasado si no hubiéramos roto?- le pregunté después de un largo
silencio.
-No lo se, quizás no podríamos estar hablando como ahora.
-Quizá.
-Seguramente no, el alargar las cosas cuando no tiene sentido suele
romperlas- dijo ella mirándome con esos enormes ojos.
-¿Sabes? - le dije interrumpiéndola- la gente no suele tener la oportunidad
de ponerle un bonito final a una historia.
-¿A que te refieres?- preguntó ella.
-Piénsalo, desde pequeños somos unos buscadores de historias- le contesté-
en los cuentos de hadas, en las películas, en las series y canciones, en las
personas, en nosotros mismos.
-Tiene sentido- dijo suspirando- ¿no cambias eh? siempre tan rebuscado.
-Supongo que vernos ahora es una buena manera de acabar, mejor que por una
red social o un mensaje corto en un teléfono móvil.
-¿Eres feliz?- me preguntó de golpe.
-Eso son pequeños momentos, uno no puede ser feliz siempre.
-Creo lo mismo, te estaba probando, quería saber si te habías amariconado
con el tiempo- dijo con aquella amplia sonrisa que le caracterizaba.
-Eras la chica- le dije mirándole a los ojos- siento haber dejado de sentir
lo que sentía por ti.
-Lo mismo te digo.
-Algún día encontraremos a alguien y quizá tengamos que repetir esta escena
con otras personas- le respondí.
-Eso no lo sabemos, igual resulta que es para siempre- dijo ella mirando al
suelo mientras pasaba un dedo entre un mechón de su pelo.
-Supongo que si.
-Espero que tu próxima novia no deje pelos en tu camiseta- dijo ella riendo.
-Te adoraba.
-¿Cómo?- preguntó ella descolocada.
-Pues que te adoraba por esas cosas- le respondí- era como tener tu olor
conmigo y en ese momento, me encantó tener tus pelos en mi camiseta, sobretodo
por que eras tu la que los dejaba.
Ella soltó una de esas pequeñas risas que se apago al instante, al igual que
la mía. Nos tocamos las manos y jugueteamos con ellas un poco, como hacíamos
hace unos años.
-Oye, me voy ya, tengo que arreglar un par de cosas en casa- me dijo soltándome
la mano- me alegra saber que te va bien.
-No hay problema, cuídate mucho y no te vuelvas alcohólica- le respondí dándole
dos besos y viendo como caminaba a paso ligero pero constante por el camino de
la derecha, que daba a la calle en donde estaba la parada de bus.
-Oye- le dije dando un grito.
-Dime- dijo ella alzando la voz.
-Espero que te vaya bien.
Ella soltó una sonrisa que aun tardo en olvidar. Ha pasado un tiempo desde
aquel día y sigo manteniendo un buen recuerdo de ella y de ese parque.
Normalmente los parques y los meses no suelen marcar nada en el transcurso de
una vida, sin embargo, en ese parque y en ese frío mes, pasó algo que no suele
pasar.
Pasó algo que la gente no suele tener la oportunidad de hacer, ponerle un
bonito final a un libro.
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